Me molesta cuando estoy esperando en la fila del supermercado y la persona delante de mí recién ahí se da cuenta de que no tiene suficiente dinero para pagar.

Llevo quince minutos detrás de alguien que recién descubre en caja que su tarjeta fue rechazada, y ahí comienza el ritual: revisar bolsillos, buscar una segunda tarjeta, preguntar si aceptan cheques de 1987. Mientras tanto, yo sostengo una sola manzana como si fuera un rehén esperando negociaciones. El cajero me mira con la compasión de quien ve a alguien a punto de llorar, aunque el que está llorando soy yo, por dentro.