Me molesta cuando finalmente me siento a descansar y me doy cuenta de que olvidé apagar la luz del otro cuarto.
Me siento a descansar con la certeza de que todo está en orden. Tres segundos después, mi cerebro me susurra: "La luz". No la luz de donde estoy. La del otro cuarto, a kilómetros de distancia, brillando para nadie, para nada, como si guardara un secreto importante. Me levanto como si la casa estuviera en llamas. La apago. Vuelvo a la cama sabiendo que en cinco minutos olvidaré apagar la del baño.
